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jueves, 1 de agosto de 2019

Daniela Tarazona: “No me interesa la literatura que da respuestas”



“Hay experiencias, muchas de ellas individuales, que por más que procuremos no podemos compartir. Uno como escritor intenta trasmitir al lector todo esto, pero hay toda una parte que es como si no fuera nombrable y en eso hay, para mí, una gran soledad, un gran aislamiento. Me interesa lo monstruoso y lo deforme en general. Para esta novela, leí mucho sobre cirugía plástica y me interesan también todos los asuntos que tienen que ver con la identidad. Quizá, desde la otra novela, hice investigación también en comportamiento animal. Quizá sí, siempre está presente la certeza de que nuestra personalidad o nuestras actitudes tienen facetas de perro, de pájaro, de liebre.”

En nuestro imaginario, héroes y súper-héroes -alimentado y enriquecido por Marvel y DC- están constituidos de manera peculiar. Los superhéroes como norma tienen un don, una peculiaridad adquirida por mutación genética sea esta natural o artificial -en laboratorio- pero es condición sine qua non ser diferentes -anormales, criaturas del mal, extraterrestres, no humanos-. Su don, lejos está de ser mandato divino. El héroe por su parte, tiene otras tantas características especiales y lo cual a dado pie a miles de estudios (unos más sesudos que otros) al respecto. Sin embargo, en un punto, héroe y súper-héroe podrían, o no, ser mitos. ¿Qué pasaría si los “súper-poderes” fueran otorgados a una persona por mandato de Dios? Y ¿si el ser un héroe no fuese algo satisfactorio ni genial?... ¿En qué radica la heroicidad? ¿Lo súper de la misma?

Habríamos de tener entonces la capacidad de replantearnos una serie de preguntas. Generar duda. Construir otro espacio. Un mundo de transmutaciones, donde “todo” y “nada”, “mutaciones y transmutaciones, son tan lógicas como absurdas, tan reales como ficticias, tan paralelas como alternas. “Nada y todo” son y se incluyen, al tiempo que se repelen para entonces, fusionarse en “El aislamiento”. Esto generaría, un Mundo Paradoja y lo que ahí suceda, sería, en consecuencia, una épica paradoxal.

Una épica paradoxal, es justamente lo que ha construido Daniela Tarazona (Ciudad de México, 1975) con su segunda novela, El beso de la liebre (Alfaguara, 2012) a través del relato de la vida y aventuras de Hipólita Thompson, una súper-heroína que tiene el don de la inmortalidad otorgado directito por orden de Dios y quien se gana la vida de panadera pero cuando se viste de rojo, sale a buscar la justicia en el mundo…pero en esta historia (ya lo he escrito líneas arriba) “todo y nada” se funden y confunden. No se es ni se está. Y viceversa.

“Por un lado, cuando escribo, nunca sé  que voy a contar. Tengo al personaje y lo pongo a actuar en escena y voy viendo hacia dónde va. La propia experimentación que para mí es escribir, me da  tono. Creo que en el mundo en el que vivimos el contar, el tener simplemente características afectivas, físicas, vitales, búsquedas diferentes, es una dificultad. Toda la estructura del mundo en el que estamos, semejante al orden del dios de la novela, es un mundo donde la diferencia y la particularidad, lo freak, no tiene mucho sitio, el sitio que tiene es  de anomalía y siempre me he sentido un poco anómala y pues quizá eso tienen mis personajes.”




Esta “Súper-heroína” bien podría ser una “anti-heroína” y Dios, bien podría escribirse con minúscula y no ser, salvo acaso, un burócrata menor hastiado no sólo de su condición, sino de su propia creación. ¿Es que acaso, lo que ha creado ese dios, que de misericordioso tiene muy poco no es otra cosa que una bestia horrorizada de estar atrapada en ella misma? “Lo que más me interesa cuando escribo es la construcción del personaje, del protagonista y me clavo en eso muchísimo. Quería ironizar acerca de la heroicidad, de los superpoderes, ni siquiera como  un asunto dirigido a la feminidad;  me parece  que todos los personajes comparten esa especie de fracaso. Están echados  al mundo y cada quien hace lo que puede pero no llegan muy lejos. Yo creo que  Hipólita es una superheroína que yo quería que fuera inmortal porque me  interesaba indagar qué sucedía  con un personaje que transgrediera muchos límites y que renaciera una y otra vez, porque entonces tendría que resolver cuál iba a ser su condición de víctima dadas sus características. Quería ir, teóricamente, más allá de la victimización. En ese sentido, hay en El beso de la liebre toda una parte de la realidad cotidiana, vital, que es completamente ilusoria por un lado y, por el otro, absurda; sí, soy  de esas corrientes filosóficas en las que se siente la existencia misma, absurda…”

En ese juego de absurdos, Hipólita de tan patética resulta encantadora y dios, de tan mortal, resulta gris. El juego víctima-victimario se torna en un laberinto sin salida y el intercambio de roles  genera una ola expansiva de caos y vacuidad: “No me interesa mucho la  literatura que da respuestas, que plantea  una verdad. Aquí como el personaje muere y renace una y otra vez, el mundo va tornándose extraño; Hipólita está continuamente cayéndose y levantándose; quise, desde lo estructural-formal hacerlo así. Hay fragmentos en los que se cuenta un mismo hecho pero desde distinto punto de vista y hay huecos y trampas para el lector donde éste pueda, o no, elegir ya sea, adentrándose en el laberinto o reflexionar. En el juego de la víctima y victimario, yo creo que una de las cosas que me parece que están puestas dentro de Dios es que él es el que marca el orden de las cosas. pero el orden de las cosas es completamente estúpido; él es bastante idiota. Ha heredado su condición de dios y  simplemente desarrolla su trabajo como un oficinista que le pondría un sello a una hoja, una especie de trámite, pero no distingue mucho la o por lo redondo y, sin embargo, tiene esta otra condición en la que le dice al Emisario ‘Dile a Hipólita que…’ de pronto como muy Dios, como de cierta idea de Dios. A lo mejor  es sólo eso, una confrontación. Pensé que quizá habría gente a la que le parezca grosero o algo por el estilo, pero si algo intenté hacer es mostrar un dios que no fuera de una religión en particular sino una especie de Zeus, con cierta  referencia a las películas mitológicas, donde está ese Dios, ese dios maquillado.”



Quizá, el verosímil (que no verídico, veraz, ni único) objeto paradoxal (ese que empieza en la realidad y acaba en el ideal) sea la voluntad. La voluntad de justicia. La necesidad de ella. La posibilidad de permitirse en el otro, con el otro, donde lo que se construye es una invención que permite deshacerte en lo etéreo hasta el juego de des-escribir en el humo y su dualidad hasta desaparecer en la soledad y el aislamiento. Ahí donde al parecer, es el único espacio posible: el no espacio: “Creo que en esta novela, más que en la anterior, la experimentación es algo que se nota claramente. Me interesan los libros que dejan muchos espacios para la reflexión. Ambigüedad, elipsis;  me gusta no nombrar las cosas. Me gusta rodear, me gusta hablar de lo que está alrededor, qué pude decir el lector sobre lo que no está. Es un mundo donde hay muchas cosas que podrían parecerse al mundo de una dictadura, pero también de un mundo capitalista. La figura del Estado es tremenda en la novela y sí, están todas esas cuestiones de crítica, pero también es un mundo en el que se está como si todo estuviera fuera de su lugar, los personajes están marcados por el sinsentido, extraviados, en la perdida,  a la mayoría los personajes los atraviesa la desidia…

Signo. El beso de la liebre. Significante. El otro diferente,  ése a quien se le percibe pero no se le nombra ni se le reconoce, aun cuando se le roce, se le desee, se le bese…

(Actualización 2019: si quieres escuchar un poco más sobre Daniela Tarazona, dale al enlace para escuchar la conversación que sostuvieron Adriana Pacheco y la autora para el podcast #hablemosescritoras: https://www.hablemosescritoras.com/tags/233 )

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miércoles, 31 de julio de 2019

¿Palabra de Yanquilehue?


Osorio Gumá, Mariana
Tal vez vuelvan los pájaros. Ediciones Castillo, 2014

En días aciagos como los que vive nuestro país, dolorido e indignado a más no puedo sino creer que como sociedad hemos aprendido muy poco o casi nada de las lecciones de la Historia. Hoy día frases como “Pienso luego me desaparecen”, “Ni perdón ni olvido”, “Vivos de los llevaron, vivos los queremos” se resignifican en un pueblo que pareciera haber perdido su memoria a corto plazo. ¿Cuánto es para la historia reciente de América latina casi 50 años? 

Me atrevería a decir que una eternidad, apenas efemérides que las “nuevas generaciones” apenas y conocen: 2 de octubre de 1968, 10 de junio de 1971, 11 de septiembre de 1973, 24 de marzo de 1976, entre muchas más que, cientos de personas, han dejado pasar, quizá, porque como dijo Martin Niemöller: "Primero vinieron a buscar a los comunistas, y yo no hablé porque no era comunista. Después vinieron por los socialistas y los sindicalistas, y yo no hablé porque no era lo uno ni lo otro. Después vinieron por los judíos, y yo no hablé porque no era judío. Después vinieron por mí, y para ese momento ya no quedaba nadie que pudiera hablar por mí”. Y sí, cuando llegan por nosotros, entonces queremos hablar. O que alguien hable por nosotros. Pero hemos guardado silencio demasiados años. Y ya llegaron, por nosotros, por ustedes, por ellos. 

Como contraparte y porque convencida estoy de que, ante la desmemoria, la escritura y la palabra, la literatura, sea a manera de ensayo o de ficción, de pronto se vuelve a la sociedad y contribuye al “no olvido” y al recuerdo. Genera la participación de la memoria personal y colectiva al mostrarse a través de esas historias que hicieron la Historia y que, muy bien haríamos, en recordar.

Es ése el caso de la novela Tal vez vuelvan los pájaros (Ediciones Castillo,2014) de Mariana Osorio Gumá (La Habana, Cuba, 1967) que, a lo largo de sus páginas acerca al lector, desde el punto de vista de una niña de ocho años a lo que fue el Golpe Militar de Augusto Pinochet en 1973 y que va mucho más allá de un ejercicio de memoria pues a Mar, le es arrebatado su mundo exterior y ella, entonces, va solidificando y transformando su mundo interior, una vez que ha comprendido, para sí, el valor del lenguaje.

Y es en el lenguaje, en la construcción de la voz narrativa, donde está la clave de esta novela pues Mar, consciente o inconscientemente, no lo tendremos claro como lectores, ha entendido el valor de las palabras. La trascendencia de la voz y el secreto del silencio pero éste manejado a voluntad. Sí, a Mar no la silencian. Ella decide guardar silencio hasta que le devuelvan lo que le han arrebatado: a su padre: “Vivo se fue y vivo lo quiere”. Mientras eso no ocurra ella permanecerá calamita, calamita aunque se le cuezan las habas por hablar y decir y nombrar.

Pero, ¿cómo nombrar la pérdida? ¿Cómo darse cuenta que eso que se tenía no se tiene más?¿Por qué arrebatar lo propio? ¿Por qué transformarnos en ajenos? Así, Mar es la voz inconforme, la voz que quiere respuestas que le convenzan, que le expliquen, aún cuando los adultos nada quieren explicar, porque “todo va a estar bien” y ya se sabe que cuando los adultos dicen “que todo va a estar bien” no lo va a estar pronto.


Y frente a los ojos niños de una realidad dolorosa e inexplicable, apenas comprensible también para los adultos, Mar tiene a Celia, su nana y la de sus hermanos. Celia tiene no sólo el candor sino la vivencia y la conjunción de mundos, del mundo de la magia, de la tradición, la sabiduría que da tener otra historia de vida y ella, con sus anécdotas, con su comida y sus leyendas, le habla de Dominga Juana, su hermana y de una cajita. Una cajita musical, en donde también, habita Domi. Así, Domi y Mar, generan un vínculo y pueden acompañarse. Con todo lo que implica. Porque Domi es sabia. Así, en medio del horror y las no explicaciones, Mar puede (y construye) algo que he llamado intra-mundos.

Osorio Gumá lo que ha construido en Tal vez vuelvan los pájaros es esa cajita de música. Es esa posibilidad de nombrar los intra-mundos no sólo de los niños de la dictadura chilena sino las aristas y la complejidad del dolor, la supervivencia, la nostalgia, el recuerdo, desde el cuerpo. Esa cajita de música, esa bailarina que da vueltas, es contención y motor. Es búsqueda y es respuesta. Es un mundo alterno posible en donde el remanso llega y la lleva hacia los suyos. Por eso, ella la traerá consigo en todo momento. Celia se la regalará aun cuando Celia no pueda estar más con ellos; ella tiene que quedarse, ver por los suyos, por los que se quedan y tratará de sobrevivir. Como tantos. Estando en ninguna parte, quizá: “No entiendo cómo alguien puede estar en ninguna parte o no estar en alguna parte cuando ya no está aquí. Pero lo más difícil es pensar en no estar en ninguna parte. Aunque a veces pienso que en “ninguna parte” debe haber caleta de cuestiones perdidas, con eso de que a cada rato alguien dice: No está en ninguna parte. O no lo encuentro en ninguna parte…”

Mar y su familia, sin embargo, no están en ninguna parte. Están en transición, inmersos en el golpe y, a ritmo de bota de milico, tratando de entender lo que viven y aquello a lo que se han de enfrentar: su casa no lo es más, su padre no está. Ellos tienen que asilarse en la embajada de México para salir de ese que hasta unos días atrás era su país. Están frente a lo desconocido, pero, aun así, se tienen como familia. ¿Qué hay del otro lado: “Eso hay del otro lado: lo que tú quieras”.

Mas lo que hay es allanamiento y desaparición. Sí. Allanados y desaparecidos. Allanados y desaparecidos. Dos palabras que también encierran otro compás, en otra caja, aún más grande: la de una Nación. Un país allanado. La intención de desaparecer el pensamiento. Allanados los derechos humanos, las infancias, los hogares. Desaparecidos cientos, miles de personas, de libros, de sueños.



El estruendo entonces. El motor del avión. El golpe seco: una bota de milico. Un estallido: la cajita de Domi echa añicos en el piso de un aeropuerto. Y la bailarina sin resguardo, sin contención, pero cobijada en las manos de Mar. Mar que cobija en busca de cobijo. Mar que quisiera los secretos del mar. Y su remanso.

«Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa» escribiría Alejandra Pizarnik. Y Tal vez vuelvan los pájaros es esa palabra encabalgada que nombra distinto a cada frase. Que reconstruye el espacio y narra la sensación sentida de lo vivenciado a partir de la ficción de lo que otrora fuera o pudiese haber sido l a percepción del horror hasta hacerlo literatura del dolor y resignificarlo para los otros, con los otros y en homenaje a ellos que, también, es nosotros para ser entonces unidad y continente.

Un continente que bien habría de decirse es heredero de la mejor literatura del Holocausto y de grandes exponentes del género. Tal vez vuelvan los pájaros es un homenaje también a Semprún y a Primo Levi. Está claro desde la epígrafe del libro, pero también, dotado y enriquecido en sus páginas interiores para aquel que guste leer de los subtextos, pues es ahí, donde Osorio Gumá construye sus historias, no en la superficie.

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