Mostrando entradas con la etiqueta Entrevistas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Entrevistas. Mostrar todas las entradas

viernes, 2 de agosto de 2019

Celia del Palacio: Un relámpago por cada lágrima




La primera vez que esta entrevista se publicó, corría el año 2012. Año en que saldría a la luz la primera edición, en el legendario sello Suma de Letras coordinado por la editora Laura Lara, antes de la fusión por todos conocida con Grupo Random House. Hoy, siete años después, en 2019, esta novela se reedita en otra casa editorial: Planeta.

A veces, la rutina deja de serlo. Una tarde, una mujer concluye su jornada laboral y se dispone a hacer “lo mismo de siempre”. Esa tarde y no otra, suena su celular. Esa llamada, también, cambiará su “destino”. Esa voz que pronuncia su “verdadero” nombre y no el que ella se ha impuesto, la lleva de golpe, a su otra realidad. A su otra ficción. Entonces comienza la otra historia de Lilia Olivande, protagonista de la más reciente novela de Celia del Palacio (Ciudad de México, 1960), Las mujeres de la tormenta (Planeta, 2019; Suma de Letras 2012), pues le guste o no, “Uno no es dueño de su destino, aunque a veces así parezca. Uno nomás es el instrumento”.

Las mujeres de la tormenta es una novela histórica escrita bajo la premisa de los paralelismos históricos, tanto en el acontecer real como en el terreno de la ficción. La magia y la hechicería son los ejes de su trama. Sucede así, en dos tiempos históricos: el pasado (de 1552 a 1934) y el tiempo actual (2010) estructurada a manera de relatos independientes complementarios cuyo enlace, está dado desde el presente, a través de la lectura misma de los relatos que ha dejado su madre y que parecieran al mismo tiempo, premonición y herencia, por lo que Lilia tendrá que ir hasta los orígenes de la hechicería misma en Veracruz así como transformarse en su propio oráculo. 

Corre el año 2010. Selene, la madre de Lilia, y quien vivía desde hace varios años en Xalapa, Veracruz. Ha muerto en un accidente automovilístico. Su hija, radicada en la ahora Ciudad de México, ha de viajar a reconocer el cuerpo y a realizar los trámites necesarios. Una llamada del destino. Llovizna. Se avecina una tormenta. Ella, Lilia no ha visto a su madre en varios años. ¿Cómo resarcir el vínculo ahora? Mundos opuestos. Realidades paralelas. Universos que apenas y se han rozado. Dos mundos conocidos, desconocidos. Dualidad. Duplicidad. Lilia y Selene. Lilia que en realidad es Lilith. ¿Dónde comienza realmente esta historia? ¿Hay un principio de la historia? ¿De esta historia? 

Habría que hablar entonces de universos. Colectivos y personales. Reales y ficticios; imaginarios y simbolizados; racionales y mágicos; estructurados…“Quise construir un personaje (Lilia) que viniera de un mundo al que estamos más acostumbradas. Un mundo más práctico y racional, donde la mujer para ser, tiene que abandonar cualquier tipo de creencia que no sea totalmente racional, despojándose incluso de parte de su femineidad, para sobrevivir. Ese mundo en el que, incluso, la mujer tiene que masculinizarse y dejar otro tipo de características  afuera. Yo quería partir de eso. De alguien que es totalmente racional y práctica y que ha construido  muros a su alrededor para no sentir, para solamente vivir en el día a día. Me pregunté entre otras cosas, ¿cómo vería entonces, esa persona que se construyó a sí misma, distinto, un mundo paralelo? ¿Cómo podría ver esta mujer a  Veracruz, específicamente Xalapa, con esta exuberancia de verde,  plantas que no conoce, flores que parecen fantásticas y sin embargo son reales?”

Veracruz fue y ha sido un bastión en la construcción de ciudadanía. “Todo entró por este puerto y una muy buena parte se quedó ahí. Sobre todo el Centro y Sur de Veracruz. En el sur, está toda la tradición de brujas, brujas voladoras, son jarocho. Hacia el norte, son más bien los varones los que practicaban la magia. Hice una división política del centro hacia el sur. De Xalapa hacia el norte, creía yo que no estaba ahí lo femenino, me llamaba más el sur. Ahora, sobre todo, hay mucho más brujos. Las mujeres están ocultas. Incluso por razones turísticas, te llevan con brujos. Las mujeres están ahí, hay muchas, pero no son visibles”.

La tormenta como atmósfera. El tormento del a pérdida. La metáfora. La enseñanza. La re-construcción de un ser a partir de diversas claves. Claves Históricas que facilitan la re-estructura de la historia. Una novela que al tiempo que relata, entrega. La Historia vertida en diversas historias. En el tiempo. En una geografía, tan femenina como selvática. Arrojada. Lanzarse al mar crespado. Por carretera. DF-Xalapa. Un réquiem. Una tormenta. “Me da un poco de miedo que crean que esta historia ha ocurrido. Es ficción, aun cuando es la realidad del país. Me duele mucho, Hay un puñal de dolor y de violencia clavado. Son personajes costumbristas. Prototipos. Aun cuando hay una realidad que todos conocemos.”

Un accidente automovilístico que es en realidad, un asesinato. Los cinco cuadernos de Selene. Cinco hechiceras. Claves. Leyendas. Escritura y re-escritura de Historias ajenas que dan las claves para el descubrimiento de la propia historia. La realidad de la ficción, que no es sino una carretera que ha de transitarte de noche, a solas, escuchando el “Requiem” de Mozart. ¿Dónde comienza realmente esta historia? ¿Hay un principio de la historia? ¿De esta historia?

El poder femenino. La fuerza de la naturaleza. La construcción de lo personal, desde lo colectivo. Un mundo real. Un mundo mágico. ¿Cómo es afuera, es adentro?... El Ying y el Yang. La complementaridad de los opuestos. La humanidad hechizada por el poder. La mujer hechizada que busca romper el hechizo del silencio, a través de una, o varias, hechiceras. Generar un colectivo que provoque un nuevo hechizo, ese que rompa el silencio. Empuñar la palabra, haciendo de ésta, un kamjar, un puñal de acero damasquinado de hoja de doble filo encorvado en forma de S, usado por los moros; con un ser fantástico grabado en el mango: cabeza de águila con cuerpo de león, al cual rodean dos serpientes entrelazadas.

Y al tiempo que las mujeres hechiceras de esta novela empuñan su kamjar, el recorrido histórico ha de permitirle al lector, construir el árbol genealógico (por llamarlo de algún modo) del surgimiento de la hechicería a Veracruz, allá por el año de 1552 y teniendo a la princesa africana Mewzi su portavoz, ella quien sufriera en carne propia, el desasosiego y el dolor de creer muerta a su hija, tras el arribo del Madredeus, una carraca portuguesa que la llevara al puerto, procedente de islas canarias, en calidad de esclava. Ella, Mewzi, fue la primera en empuñar el kajmar. E invocar a Oshún (deidad Yoruba), diosa madre que, con ayuda de Shangó (dios del rayo), harán justicia. Primero por ella, después por tantas otras. Sin cumplir caprichos.

Mewzi hija,  la primera hechicera. Le seguirán, en 1682, en la Ciudad de Tablas, Veracruz, Doña Beatriz, condesa de Malibrán; en 1839, en Manga de Calvo, María Josefa, “La Mulata de Córdoba” y en 1934, Lorenza… Ellas cinco serán las claves mismas a través y gracias alas cuales, Lilia podrá desvelar ciertos misterios. Así, desde afuera. Un afuera incluyente que al tiempo que investiga, revela y permite reconstruir un vínculo a partir de la ausencia que no tiene remedio pero facilita el descubrirse “Es  muy triste que tenga que reconstruirse desde algo que ya no tiene remedio: la muerte. Es descubrir a la otra persona. Tirar sus propios prejuicios en torno a su madre, que siempre  quiso ver de cierta manera, para no sentir, para no sufrir.  Reconocer a la madre y volver a crear ese vínculo, implica una transformación personal en Lilith, la protagonista”.

Las mujeres en la tormenta es una red no sólo de misterio sino de mística. El Kamjar, como símbolo que apuñala ante todo, constructos: “yo quise volver sobre nuestras concepciones de la dualidad misma: lo bueno, lo malo, lo racional, lo irracional; las otras brujas, están constantemente apuñalando esa realidad que las oprime, las aplasta, es como destruir todo lo que se ha construido alrededor de ellas y las coloca en determinado sitio. Con el puñal se destruye todo”. Pero ¿qué es lo que apuñala Celia del Palacio en esta historia? ¿A quién apuñala? “Yo creo que tiene que ver con mis dos carreras. Por un lado soy historiadora y había mantenido un poco a raya a la creatividad; es también apuñalar esta parte de mí ¿por qué la historia tiene que estar separada de la creatividad. Estaba como escindida. En esta novela me di mucho más permiso de narrar.” 

Las mujeres de la tormenta, hacen de la hechicería no sólo una herencia, sino una forma de vida. La magia a la que apelan es a la del corazón y su búsqueda es la libertad de ser y estar. Encuentran ahí, en la lluvia, la fuerza que da la rabia y la súplica que da el amor. Es dejar de ser esclavas. Escapar de su condición natural de sumisión para encontrar el poder de la emancipación. Saberse mujer. Saberse sujeto deseante y no objeto ni posesión. La decisión personal como un instrumento de transformación. El descubrimiento del poder desde el propio cuerpo. Del cuerpo femenino. De la propia sensualidad y del deseo de placer. El deseo de ser sujeto. La sabiduría de saberse poseedoras de un poder de aniquilar o de construir. “Hay una responsabilidad en el manejo del poder. Su uso irresponsable, creo, sería “el mal”. Que una mujer reconozca que tiene el poder, implica que es responsable de utilizarlo. Si no puedes decidir, entonces eres la víctima. Sin embargo, “lo otro” siempre está ahí. La posibilidad de destruir es, también una posibilidad. La decisión está en la elección”. ¿Dónde comienza realmente esta historia? ¿Hay un principio de la historia? ¿De esta historia?

Celia del Palacio traza un mapa. Su pluma, va dibujando un sendero que se bifurca hacia la magia por mar y hacia la realidad por carretera. Veracruz, como una silueta de mujer. Xalapa construida sobre un cuerpo social femenino. La reconstrucción de un corpus femenino que implica, también reivindicación. Las mujeres tomando el poder para sí mismas. Como Las Escogedoras, esas mujeres que fueron “las primeras  obreras urbanas. Ellas tomaron el poder para sí. Crearon sindicatos, se ayudaron entre sí. Hay escogedoras muy célebres en Veracruz. En la memoria colectiva son reconocidas como mujeres que viven solas porque pueden ganar su propio dinero, no necesitan de los varones o incluso, ponen  sus condiciones. En efecto, para mí era muy importante reconocer a estas mujeres. Yo no he visto que se haya hablado mucho de ellas como un antecedente del feminismo más actual”.

“Creo que lo más complicado fue  tratar de sacar las pistas que develan y revelan el misterio de Lilith de entre las historias complementarias, pues no proceden de las Leyendas mismas. Hay algunos detalles que pueden coincidir ( o no) estuve recogiendo las voces de los lugareños, sus “decires” y confiando en que fueran “verdad”. Eso me costó mucho trabajo, el poder decirme, “les voy a creer que me están diciendo la verdad. A mí la novela me deja una transformación interna en este sentido de aceptar, de ver, de reconocer la dualidad. No sé si ya acabó la tormenta. Por primera vez en la vida estoy esperando. Abierta a ver qué ocurre. Buscando nuevos camino. Profundizando en las enseñanzas que me han dejado estas mujeres. Tratando de encontrar una sabiduría en el propio miedo”.

Dónde comienza realmente esta historia? ¿Hay un principio de la historia? ¿De esta historia?...Tanto la esclavitud, como la libertad, son internas. Las cárceles están, adentro. 

¿Ya pasó tu tormenta?

SI QUIERES ADQUIRIR EL EBOOK. DALE CLICK AL LINK: https://amzn.to/2ZrYPgd

Share:

Cristina Rivera Garza: La taiga, esa otra persona dentro del lenguaje


Es increíble cómo juega el tiempo con la historia y viceversa. Hoy re-publico esta charla que, con motivo de la publicación de El mal de la Taiga (Literatura Random House Mondadori, 2019) mantuviéramos Cristina Rivera Garza y yo, en diciembre de 2012. Siete años han pasado desde que charlamos y de que aquella novela viera la luz en otra casa editorial: Tusquets. Por su involuntaria vigencia, es que se ubica, como uno de los primeros posts y no en el lugar que le correspondería, es decir, el del 2012.

“Durante mucho tiempo, antes de escribir “El mal de la taiga” estuve coleccionando muchas notas de personas que se iban de la civilización y después volvían. Recogiendo  pruebas de vida en las afueras, de cómo se ve la vida del otro lado, pues me ha parecido siempre muy interesante. Si uno se sale del punto cómodo y observa eso que nos parece tan obvio, tan natural que se nos van a volver extraño y los libros también nos ayudan a eso.  La literatura tiene  la gran capacidad de devolvernos ese algo que pareciera explicarse a sí mismo de manera suficiente y los libros nos lo vuelve insuficiente, nos dice “hey, detente, lo que parece estar ahí para siempre no lo está”.

Y así sucede en la vida literaria. Y en lo literario de la vida. Cuando un lector se acerca a un libro o a un autor en particular, asume ciertos riesgos. Y retos. Se compromete y acepta (o no) las reglas del juego. Si ese lector, se acerca una vez más al autor, el encuentro de universos se ha dado y ambos universos (el del escritor y su ficción/realidad y el del lector) han de fusionarse, integrarse, complementarse y enriquecerse. Se ha generado así, otro universo.

Con Cristina Rivera Garza (Matamoros, 1964), a mí me pasa algo semejante a lo planteado con antelación. Su universo me fascina, en lo más profundo del término, desde aquel 2004 en que leí “Lo anterior” (Tusquets) y con ese brío me acerqué a su más reciente novela “El mal de la taiga”, que en su brevedad provoca no sólo tensión sino un profundo desasosiego. Lo más cercano al delirio y a las imposibilidades posibles del encuentro con el otro, pero sobre todo con uno mismo.

¿Cuál es el punto de partida?: Una mujer detective en retiro, acepta un reto: encontrar a una mujer que ha abandonado a su marido para irse con otro hombre hacia el interior de la taiga… ese es el principio del viaje. Y, para el recorrido, ella necesitará no sólo a un traductor, sino la escritura misma como posibilidad, el código de un lenguaje probable y el mapa de sí misma para encontrar mucho más que a una mujer dentro de la taiga que no es sino la vida misma.



¿Se puede entrar a la taiga?, ¿Es posible adentrarse en ella y sobrevivir? ¿cuál es ése mal que esconde? ¿En dónde se esconde? ¿Hay salvación en y desde la taiga? Me dice la propia Cristina: “Sí  hay una manera de entrar, de perderse en la taiga con un conocimiento de las  migajas que se están recorriendo como una especie de codificación  de todos los guiños de la que está poblada, con referencia a mis libros anteriores, pero también (y es algo que me ha resultado sorpresivamente agradable) las personas que se acercan al libro  sin ningún conocimiento de del dónde vienen estas migajas están perdiéndose y emprendiendo (con suerte) ese camino hacia esos otros libros. Hay una especie de apertura de este libro que permite (me gustaría verlo así) la visita del huésped que ya ha pasado tiempo en estos caminos pero también abre las puertas al que apenas empieza a acercarse…”

Es que abrir la puerta de uno mismo para partir hacia la taiga va mucho más allá, no sólo es una caseta al bosque  narrativo y poblado de Rivera garza, es al tiempo el camino a la palabra, el sendero hacia la búsqueda de un universo alterno que si bien es el pensamiento, el proceso de pensar, está enriquecido y dotado de corazón; su brecha es el corazón, él es la semilla de la palabra, de la narrativa. Una construcción deconstruida entre el alma y la psique, un encuentro a partir de dos personajes perdidos, ahí donde la propia encargada de encontrarlos, está perdida, también.

“No es una cuestión de opuestos de  emoción contra razón. No es una abstracción. Creo que hay un fuera del lugar constante que a mí me interesa investigar. Hay una especie de desembonamiento. Una especie de sutil extrañeza ante las cosas y no necesariamente frontal ante ellas. Yo creo  que ”El mal de la taiga” está asediado con distintas  y desde distintos géneros, hay cosas que podemos ir reconociendo: desde los personajes de cuentos de hadas, la tensión del thriller, la propia  tensión que se va generando a lo largo de las páginas, pero ¿cómo se va llegando a este fuera del lugar?”

Y es que el hilado fino, la concreción del tejido escritural está dado con el  encuentro con el lector a partir de la lectura, pero dotado de un peculiar  feedback dado por el lenguaje y por la rítmica. ¿Qué leemos, desde dónde lo leemos? El juego que se da a partir de la estructura y el lenguaje, por la intención narrativa, por  la preponderación del estilo y la estructura.

“Yo he trabajado mucho en ello. Me interesan las múltiples texturas de la palabra, la materialidad del lenguaje como tal. La cuestión de los ritmos, de las estructuras, del tiempo, es lo más corpóreo de la escritura. Independientemente que las  anécdotas que el libro pueda brindarte, de los salto narrativos, independientemente de los personajes, hay una base, un decantamiento que es ese el trabajo que a mí me interesa.  Es también la posibilidad de ir hacia esta otra taiga, hasta otra serie de ritmos, pulsiones, palpitaciones que nos van conformando. Creo que la escritura, cuando llega, y cuando un libro te lo llevas contigo, es porque se queda en una zona de ti y para trabajar con eso hay que trabajar con lo que está palpitando en nuestras manos. Tenemos nuestras herramientas como escritores”.

Descubrirse. Abrirse en el detalle observado. El sentido de la vista exaltado. El universo del detalle. “Los escritores y los lectores, tenemos un bien que compartimos, el lenguaje. Éste es un bien común. Al menos como lectora, los libros que a mí me han marcado son lo que me ofrecen una marca, un sello que le es particular a ese libro y a mí y me gustaría pensar que producir libros es no sólo ofrecer una posibilidad de complicidad, sino también, tal vez, es esa otra cosa, poder producirte a ti en ese espacio, como esta otra persona que eres dentro del lenguaje.




Y esa otra persona, esa otra mirada. Ese Otro Testigo está en la novela siendo tan constantemente otro que no sólo la dota sino que la nutre de una vertiente de cuestionamientos: La mirada infantil, el niño como personaje, a lo lejos, él que puede mirar (se) a la distancia: “Y también  es ese proceso de traducción siempre incompleto; ese desamor, ese narrador filtrado y mediado por múltiples pasajes que  lo vuelve no confiable pero a la vez entrañable, pero es parte también del proceso de  la taiga; el reto es no volverlo frustrante sino  volverlo para el lector la posibilidad de encontrarse, de otra manera sería muy complicado, pero sí creo que la mención y la aparición de un traductor en este libro, no es menor; tiene que  ver también con que creo que todo libro es una traducción, y en este caso, el personaje le añade un filtro más  que debe poner en cuestión el proceso de la lectura, lo que está  sucediendo cuando nos acercamos al libro, lo que sucede cuando estamos leyendo”.

“Todo existe, a veces, por primera vez”. Y ahí, en la taiga, la existencia sucede. Se traduce. En ella. En un personaje. En cada uno. En cada uno que traduce y se traduce. Encontrando ese “lenguaje común, otro” que les permita comunicarse, ahí donde ser traductor, trae implícito el compromiso ( y el conflicto) de ser, también,  traductor de ella misma. Le significa cuestionarse y salir en búsqueda de algo a sabiendas  desaparecido… “¡Y eso se parece tanto a la vida!” La  certeza y el reconocimiento con asombrosa claridad de que lo que no está no se va a encontrar y que incluso, ella misma, no lo tiene para sí, ni en sí. Una detective descolocada. Perdida. Retirada y ahí, desde el retiro, sale a encontrar a dos seres que en el retiro, se perdieron. Una duda constante y confrontación (¿comprobación?)entre la búsqueda y la imposibilidad posible de encontrarse. La tensión de ignorar si será posible la traducción, si será posible lograr traducirse para traducir la situación la que está inmersa…

La Taiga. Su mal. El mal de la Taiga. “se necesita un lugar interno o un leguaje intransferible dentro del cual sea posible refugiarse. Es necesario, sí, un refugio.” La taiga. Su mal. El mal de la Taiga.


Share:

jueves, 1 de agosto de 2019

Daniela Tarazona: “No me interesa la literatura que da respuestas”



“Hay experiencias, muchas de ellas individuales, que por más que procuremos no podemos compartir. Uno como escritor intenta trasmitir al lector todo esto, pero hay toda una parte que es como si no fuera nombrable y en eso hay, para mí, una gran soledad, un gran aislamiento. Me interesa lo monstruoso y lo deforme en general. Para esta novela, leí mucho sobre cirugía plástica y me interesan también todos los asuntos que tienen que ver con la identidad. Quizá, desde la otra novela, hice investigación también en comportamiento animal. Quizá sí, siempre está presente la certeza de que nuestra personalidad o nuestras actitudes tienen facetas de perro, de pájaro, de liebre.”

En nuestro imaginario, héroes y súper-héroes -alimentado y enriquecido por Marvel y DC- están constituidos de manera peculiar. Los superhéroes como norma tienen un don, una peculiaridad adquirida por mutación genética sea esta natural o artificial -en laboratorio- pero es condición sine qua non ser diferentes -anormales, criaturas del mal, extraterrestres, no humanos-. Su don, lejos está de ser mandato divino. El héroe por su parte, tiene otras tantas características especiales y lo cual a dado pie a miles de estudios (unos más sesudos que otros) al respecto. Sin embargo, en un punto, héroe y súper-héroe podrían, o no, ser mitos. ¿Qué pasaría si los “súper-poderes” fueran otorgados a una persona por mandato de Dios? Y ¿si el ser un héroe no fuese algo satisfactorio ni genial?... ¿En qué radica la heroicidad? ¿Lo súper de la misma?

Habríamos de tener entonces la capacidad de replantearnos una serie de preguntas. Generar duda. Construir otro espacio. Un mundo de transmutaciones, donde “todo” y “nada”, “mutaciones y transmutaciones, son tan lógicas como absurdas, tan reales como ficticias, tan paralelas como alternas. “Nada y todo” son y se incluyen, al tiempo que se repelen para entonces, fusionarse en “El aislamiento”. Esto generaría, un Mundo Paradoja y lo que ahí suceda, sería, en consecuencia, una épica paradoxal.

Una épica paradoxal, es justamente lo que ha construido Daniela Tarazona (Ciudad de México, 1975) con su segunda novela, El beso de la liebre (Alfaguara, 2012) a través del relato de la vida y aventuras de Hipólita Thompson, una súper-heroína que tiene el don de la inmortalidad otorgado directito por orden de Dios y quien se gana la vida de panadera pero cuando se viste de rojo, sale a buscar la justicia en el mundo…pero en esta historia (ya lo he escrito líneas arriba) “todo y nada” se funden y confunden. No se es ni se está. Y viceversa.

“Por un lado, cuando escribo, nunca sé  que voy a contar. Tengo al personaje y lo pongo a actuar en escena y voy viendo hacia dónde va. La propia experimentación que para mí es escribir, me da  tono. Creo que en el mundo en el que vivimos el contar, el tener simplemente características afectivas, físicas, vitales, búsquedas diferentes, es una dificultad. Toda la estructura del mundo en el que estamos, semejante al orden del dios de la novela, es un mundo donde la diferencia y la particularidad, lo freak, no tiene mucho sitio, el sitio que tiene es  de anomalía y siempre me he sentido un poco anómala y pues quizá eso tienen mis personajes.”




Esta “Súper-heroína” bien podría ser una “anti-heroína” y Dios, bien podría escribirse con minúscula y no ser, salvo acaso, un burócrata menor hastiado no sólo de su condición, sino de su propia creación. ¿Es que acaso, lo que ha creado ese dios, que de misericordioso tiene muy poco no es otra cosa que una bestia horrorizada de estar atrapada en ella misma? “Lo que más me interesa cuando escribo es la construcción del personaje, del protagonista y me clavo en eso muchísimo. Quería ironizar acerca de la heroicidad, de los superpoderes, ni siquiera como  un asunto dirigido a la feminidad;  me parece  que todos los personajes comparten esa especie de fracaso. Están echados  al mundo y cada quien hace lo que puede pero no llegan muy lejos. Yo creo que  Hipólita es una superheroína que yo quería que fuera inmortal porque me  interesaba indagar qué sucedía  con un personaje que transgrediera muchos límites y que renaciera una y otra vez, porque entonces tendría que resolver cuál iba a ser su condición de víctima dadas sus características. Quería ir, teóricamente, más allá de la victimización. En ese sentido, hay en El beso de la liebre toda una parte de la realidad cotidiana, vital, que es completamente ilusoria por un lado y, por el otro, absurda; sí, soy  de esas corrientes filosóficas en las que se siente la existencia misma, absurda…”

En ese juego de absurdos, Hipólita de tan patética resulta encantadora y dios, de tan mortal, resulta gris. El juego víctima-victimario se torna en un laberinto sin salida y el intercambio de roles  genera una ola expansiva de caos y vacuidad: “No me interesa mucho la  literatura que da respuestas, que plantea  una verdad. Aquí como el personaje muere y renace una y otra vez, el mundo va tornándose extraño; Hipólita está continuamente cayéndose y levantándose; quise, desde lo estructural-formal hacerlo así. Hay fragmentos en los que se cuenta un mismo hecho pero desde distinto punto de vista y hay huecos y trampas para el lector donde éste pueda, o no, elegir ya sea, adentrándose en el laberinto o reflexionar. En el juego de la víctima y victimario, yo creo que una de las cosas que me parece que están puestas dentro de Dios es que él es el que marca el orden de las cosas. pero el orden de las cosas es completamente estúpido; él es bastante idiota. Ha heredado su condición de dios y  simplemente desarrolla su trabajo como un oficinista que le pondría un sello a una hoja, una especie de trámite, pero no distingue mucho la o por lo redondo y, sin embargo, tiene esta otra condición en la que le dice al Emisario ‘Dile a Hipólita que…’ de pronto como muy Dios, como de cierta idea de Dios. A lo mejor  es sólo eso, una confrontación. Pensé que quizá habría gente a la que le parezca grosero o algo por el estilo, pero si algo intenté hacer es mostrar un dios que no fuera de una religión en particular sino una especie de Zeus, con cierta  referencia a las películas mitológicas, donde está ese Dios, ese dios maquillado.”



Quizá, el verosímil (que no verídico, veraz, ni único) objeto paradoxal (ese que empieza en la realidad y acaba en el ideal) sea la voluntad. La voluntad de justicia. La necesidad de ella. La posibilidad de permitirse en el otro, con el otro, donde lo que se construye es una invención que permite deshacerte en lo etéreo hasta el juego de des-escribir en el humo y su dualidad hasta desaparecer en la soledad y el aislamiento. Ahí donde al parecer, es el único espacio posible: el no espacio: “Creo que en esta novela, más que en la anterior, la experimentación es algo que se nota claramente. Me interesan los libros que dejan muchos espacios para la reflexión. Ambigüedad, elipsis;  me gusta no nombrar las cosas. Me gusta rodear, me gusta hablar de lo que está alrededor, qué pude decir el lector sobre lo que no está. Es un mundo donde hay muchas cosas que podrían parecerse al mundo de una dictadura, pero también de un mundo capitalista. La figura del Estado es tremenda en la novela y sí, están todas esas cuestiones de crítica, pero también es un mundo en el que se está como si todo estuviera fuera de su lugar, los personajes están marcados por el sinsentido, extraviados, en la perdida,  a la mayoría los personajes los atraviesa la desidia…

Signo. El beso de la liebre. Significante. El otro diferente,  ése a quien se le percibe pero no se le nombra ni se le reconoce, aun cuando se le roce, se le desee, se le bese…

(Actualización 2019: si quieres escuchar un poco más sobre Daniela Tarazona, dale al enlace para escuchar la conversación que sostuvieron Adriana Pacheco y la autora para el podcast #hablemosescritoras: https://www.hablemosescritoras.com/tags/233 )

Share:

miércoles, 31 de julio de 2019

Claudia Marcucetti: Reinventarse entre fantasmas


“Muchas veces escribo sin pensar. No tengo agenda. No soy tan visual. Con todo mi pasado de arquitecta, me impresiona mucho más una frase que una imagen. Hay un instinto  primario en uno que me hace crear personajes como Gía sin saber por qué. Inconsciente e  instintivamente te imaginas algo y no lo sabes explicar, aun cuando al final, lo analices”.

Una piedra circular en la entrada de la casa número 2 del callejón de Santo Domingo: la rueca que facilitaba la molienda de harina de trigo y que se desgastó a lo largo de tres siglos. Entre avenida Observatorio y Periférico. A espaldas de la fábrica “Baco”. Ahí, en pleno pero no a pleno Distrito Federal, un testigo fiel de los últimos cinco siglos de nuestra historia. Construido en 1529 y nombrado por Hernán Cortés como “El Molino de santa Ana” y hasta donde se sabe, el primer molino de agua de la Nueva España. Una troje, cuya carcaza, por demás hermosa da cuenta de que ahí, entre sus ruinas hubo vida. Estructuras. Montones de tierra. Un candelabro antiguo al centro de su espacio, sin olvidarse de que alguna vez, dio luz. Un juego de herrería, que seguramente colgaban de alguna viga y que ahora descansan en un escalón de cemento pintado de azul.

Pasado y presente conviven entre costales carcomidos por el clima fundiéndose con la tierra que alguna vez almacenaron y una silla antigua le hace el amor a una lata de pintura “comex”, sin pintar su raya.  De frente, la piedra. De espaldas, la vida. De frente, la belleza, el goce estético, la contemplación de la cotidianidad y paradójicamente, la magia. Es ahora, propiedad privada. Un enorme letrero da cuenta de ello y es que la Historia, no está para visitas. Atrás el ruido de la urbe, al atravesar la reja negra y comenzar a andar el empedrado, por el que alguna vez, corría el río Tacubaya, la redimensión de la estética de la estática, vívida.

Caminar. Observar. Detenerse. En la emoción. En la sensación. En el recuerdo de la historia y la Historia. Aquella que se aprendió y desde la que se intentó aprehender algo. Observo a Claudia y busco a Gioconda. Mundos paralelos. Mi afición por los fantasmas, me hace, al tiempo fantasear que camina por la troje. La imagino incluso, caminando de la mano de Gia. Trato de adelantarme, tras la lectura de Heridas de agua, a la posibilidad de reconocer dónde podría haber sucedido qué. Entonces, me acuerdo que leí una novela, que la Historia es ficción y viceversa.

Seguir el cauce del río. Navegar en lugar de nadar. Hacer de las piedras de río frases y de mis pies, remos. Andar. ¿Cuál sería la casa de Celeste? ¿Cómo sería vivir aquí? ¿Si sigo caminando voy a encontrar la casa de Fortunato? ¿Por cuál de estos portales o zaguanes, como prefieran llamarle, es que entraron los zapatistas (en sus dos versiones históricas)?  ¿Cómo se accedería a los túneles? ¿Por dónde entraba Limantour al Molino? Eran demasiadas preguntas.

¿Qué Historia es la que novela Heridas de agua? Hay una parte de mí que cree (esa es una licencia literaria mía) que esta novela se novela a sí misma. Es la unicidad. La posibilidad desde y dentro la imposibilidad para a partir de ella, si no caigo en un enredijo filosófico, hacerse posible. Enraizarse para desenraizarse. El árbol genealógico. Buscar entre los archivos históricos, documentarse, enriquecerse para entender la historia de la Historia y entonces historiar. La autora. Construirse, conocerse, entenderse, verbalizar filias y fobias, miedos y enojos, para después perdonarse. Los personajes.  Estructura. Misterio. Belleza. Dejar de ser testigo para ser protagonista. De tu historia. Desde tus ruinas. Desde la erosión misma de este edificio que es cuerpo: El Molino. De ahí: la novela. La re-construcción. Desde la belleza. Desde el proceso que sana siempre: la palabra.

En cuanto al venderles la historia, les revelaré apenas lo siguiente:

En 1529,  Hernán Cortés mandó a construir el molino de Santo Domingo, uno de los primeros del continente americano. Levantado sobre las ruinas de un antiguo templo prehispánico, el molino se convirtió en testigo de los secretos, los sueños y las ilusiones de quienes lo habitaron. 

En el siglo XIX, llega a vivir a ese entrañable sitio Gioconda Cattaneo, una mujer de carácter rebelde e indomable que viaja desde Italia a la Ciudad de México con la esperanza de que esta nueva vida le depare aventuras y un amor apasionado. La trama de esta novela arranca justo con su muerte, ocurrida en circunstancias poco claras que despiertan sospechas. ¿Se trató de un suicidio o fue un asesinato?  Lo demás, sólo usted podrá descubrirlo. Podría extenderme en miles de detalles, de acciones, de anécdotas que, como un cajón chino, desvelarían una tras otra una decena de posibilidades. Heridas de agua tiene la particularidad de entregarle a cada lector, sus propias revelaciones y no es materia de este texto, revelarle lo que me reveló a mí.

Mas entre todo lo que sí puedo decirle, le diré que Heridas de agua es una novela de pasiones. Arriesgada. Su motor es el deseo. Aún cuando el gozo y el placer traiga consigo una cierta carga de sufrimiento. Incitación. La historia escindida y escondida en la historia. De un molino como testigo. De una mujer que se ha suicidado pero no lo recuerda. De un México que sin ser ya el de hace cinco siglos, es terroríficamente semejante. Figura y fondo. Contexto. Dos universos que construyen la fantasmagonía del ser. Del atreverse. A preguntar. A perdonar.

En esta novela Claudia Marcucetti ha creado, también, esa creación posible. Hay mucho más que disfrutar (lo cual es encomiable) y analizar, pues hay un metadiscurso (intencional o no) de construcción de subtexto. El subtexto, lo imperceptible en la lectura rápida, la invisibilidad de los hilos que amarran la historia están tejidos en filigrana. “La literatura es leer las líneas en blanco”. La Historia, los cinco siglos de vida del Molino de Santo Domingo, son el propio fantasma de él mismo. Ahí donde el testigo, ese tercero testigo de Lacan es el tiempo y su devenir. Ahí él, fiel más que firme, construye ideas, las posibilita. Ese Molino que es también Historia y tumba de su propia historia. Como es tumba de Gioconda. Los panteones también son cuerpos. Monumentos. Pero en la muerte quedan los huesos de esa, la propia historia. Mientras el Molino, como corpus y personaje construye Ideas y vidas. El Molino se transforma en un ser doliente. En una estructura capaz de amar. “El Molino en ruinas, tratando incluso de quitar una parte de sí, lastimada, es una metáfora en sí misma, de los ciclos. De otros ciclos. Tan otros, que son nuestros.

Dos universos. La Historia con mayúscula. La historia con minúscula. Ambas vinculándose, generando un universo alterno que, si bien se escribe con H tiene sus altas y sus bajas en conjunto. Una integra a la otra. Se pertenecen.

La fusión entre el testigo edificio (El Molino de Santo Domingo) y el personaje protagónico (Gioconda Cattaneo) paradójicamente construyéndose desde su muerte, cuando parece en sí mismo una contradicción, es en realidad una alteridad deconstructiva donde toda herida no habrá de cicatrizar, sino, justamente, hacerse agua, diluirse ahí desde y en el “otro” universo, el literario, construido a partir de la “novela histórica” como subgénero. El que permite no sólo contextualizar sino generar un afluente donde los personajes sigan su propio cauce hasta desembocar en una corriente única: la ficción posible.


Las heridas de agua no son como tal, un término arquitectónico. Esta manera de nombrar la cascada entre las montañas, lo encontró Claudia en un texto antiguo que decía: ‘Hernán Cortés mandó poner los primeros canjilones y paletas, en las heridas de agua que bajaban de la santa Fé’: “Tuve entonces que ponerme a pensar qué eran las heridas de agua. Si lo observas bien, el agua, cuando sale de entre las montañas, parece que la hubieran rasgado y estuviera sangrando. Sangrando agua; y me pareció una imagen muy poética. Ya a lo largo de las páginas fue transformándose en símbolo. El agua  permea a la novela, al igual que las heridas, como gran metáfora del sufrimiento tanto de los personajes como del país. Cazó muy bien el título, aunque costó mucho trabajo encontrarlo, aún cuando nació como texto, en la primera intervención del Molino”.

Asimismo, las lágrimas se convierten en esa herida en la montaña-cuerpo de los personajes. Ellos, cada uno, incluso quienes mueren, tienen en el padecimiento interno, la herida profunda. “Es un sufrimiento un poco etéreo. Contradictorio. Aquí el agua cura. Es lágrima pero el Molino no puede sino llorar a través del agua. Está llorando el mundo, está llorando él”.

Son también, los fluidos, un símbolo a lo largo de las páginas. “Hay una intención  mía de transmitirle al lector todo aquello que sucede en el cuerpo. Todo lo que éste emana. Todos los fluidos del cuerpo salen. Hay una intención de nombrar. De verbalizar. Esta novela trata de los humanos. De humanizar la historia. No importa (aunque a la Historia le importe) quién es ese personaje construido por Claudia y cuáles personajes son “reales”, pues la Historia misma puede ser o no ficción. El corpus literario de Heridas de agua es otro. Sustentado en el otro. En lo otro posible. Incluso, la otredad literaria.

Cada capítulo, cada personaje está continuamente, tratando de enjugarse las lágrimas. Y cuando éstas se secan, rayan el rostro. Desvanecerlas, implica acariciar,  limpiar aquello que las genera. Implica, al contacto con el rostro tratar de desvanecer las heridas mismas. La marca de que una lágrima ha tenido su propio recorrido: “La interpretación  de un lector va mucho más allá de lo que uno como escritor imagina. Uno escribe instintivamente. Quizá hay una carga  de lo que se quiere decir, pero no necesariamente uno la plasma así. Es el lector quién hace suya la historia”


Para Claudia, recorrer los terrenos del Molino, desde la ficción, fue una obra de ocho años. Del dibujo al render. De los cimientos a la obra negra. De las ruinas a los muros. De las ventanas a las puertas. La pintura. La obra terminada. Ocho años de construcción, re construcción y deconstrucción: “En este  tiempo yo también fui transformándome mucho como persona. No soy la misma de aquel tiempo. Y la novela tampoco es la misma. Nació con la idea de que, a partir de haber encontrado unas cartas, yo quería contar la historia del Molino. De un lugar que me afectó tanto y me marcó, en el que había vivido por  mucho años.  Estaban una serie de emociones guardadas de lo que me representaba el edificio y después se transformó en muchas cosas. Creo que uno va cambiado. En ese momento había un sufrimiento que ahí estaba y que era el toparse de frente con la muerte temprana. Uno cuando es joven no te lo imaginas. Sabes que tus abuelos o tus padres van a morir pero hasta que  vives una muerte de frente y de golpe, realmente te pones a pensar en el tema de la muerte. Yo siempre tuve claro que se la iba a dedicar a él. Un tributo a este encuentro-desencuentro que tuve con mi marido  y su muerte temprana a los 28 años. No te  puedo decir que fue una decisión consciente pero estaba ahí, en mi instinto, en mi corazón, en mi inconsciente, en mi manera de ver el Molino. Él siempre estuvo relacionado con ese espacio; el suceso quedó plasmado, aunque yo no lo quisiera, en la novela. Heridas de Agua, transita sobre la muerte. Acompaña el proceso de muerte y aceptación de la misma a partir de cierta reconsideración del contexto, del reconocimiento de la propia historia.”

Y es que cuando uno hace un recorrido, también por la propia historia de escritura de Claudia Marcucetti, hay en sí una interesante transformación. Sin dejar de ser ella, su pluma va enriqueciéndose al tiempo que se complejiza. Del libro de relatos (¡Lotería!) a la novela breve (Los inválidos, de próxima aparición también en Suma de Letras) y de ahí a la novela histórica, está un universo por descubrirse que se revela en la frescura con que es narrada Heridas de agua. “El proceso personal que me llevó a la escritura fue una crisis.  Me considero una persona en búsqueda constante, tanto personal como  profesional, en todos los ámbitos de mi vida. Creo que la única manera de  vivir real y dignamente es ir más allá de uno mismo: mejorarse, ver perspectivas. En la crisis de los treinta, empecé a ver mi vida y dije, híjole, esto no me está gustando nada. No me encontraba. De repente empecé a escribir ¡Lotería! porque mis amigas escritoras me decían que contaba historias muy divertidas que por qué no las escribía. La primera vez que me senté a escribir fue tan terapéutico y enriquecedor que  fue quedando como la única parte de mi vida que me agradaba. Reconocí que me gustaba y entonces me fui seis meses sabáticos a París y ahí fue cuando surgió la idea de escribir una novela y así surgió “Los inválidos” esa novela fue  el catalizador o la decisión consciente de que me quería dedicar a escribir. Creo que Heridas de agua es mi libro más literario. Muy distinto a lo que había escrito. Esta novela quiere  ir más allá. Hay un popurrí de personajes y  trataba de ponerme ahí, en el lugar de cada uno de ellos y escribir desde ellos”.

En cuanto al proceso de escritura, hay que reconocer, en Heridas de agua “una referencia literaria muy importante de un libro que no es muy conocido en Hispanoamérica: Los Virreyes que es fantástico. Adelanta el Gatopardo 50 años e incluso va mucho más allá; es un libro que acaba de ser rescatado en Italia. Como fue publicado en el siglo XIX, casi al mismo tiempo en que yo sitúo la novela, en el libro en cuestión, hay un retrato psicológico desde su perspectiva que casi, casi, te metes en el personaje y logras ver la vida desde ahí. Y yo aprendí eso. A ver desde otros lugares, desde otros puntos de vista, el de los personajes.”


“Existe la intención de manejar la estructura de una manera casi geométrica. Me forcé a que cada capítulo iniciara con la voz del molino y un documento. Éstos eran también  un tributo a la palabra escrita al punto también en que se evidencia su transformación hasta llegar al SMS del teléfono.” Ir más allá. Donde quiera que éste se ubique, es una premisa de esta novela, aun cuando el gran tema es “la transformación de y desde, cada uno de nosotros. Ir al pasado para reencontrarse con su presente. Celeste no existiría sin Gioconda, pero ella a su vez, no puede resarcirse sin Celeste. Asumir el árbol genealógico. Reconocer quién se es a partir de tratar de darse cuenta de dónde se viene. Reconvenir, negociar con el pasado y desde ahí, construir otro presente”. Trazar un sendero que va haciendo de la historia, algo entrañable. “Al final, es una manera de hablar de lo humano de una forma distinta. Un edificio  está siendo amenazado, como nosotros, por cuestiones distintas a nosotros; la impotencia que se refleja, también en Gioconda, de estar pero no poder hacer nada para transformar la realidad. Esa es un poco la metáfora del suicidio y las consecuencias: seguirás viviendo tu vida, donde la concluiste pero sin poder cambiar nada, y eso debe ser un infierno. El  Molino, por su parte, vive las cosas más monstruosa, es testigo, sabe qué ocurrió, pero no puede intervenir. Así la dimensión alterna maravillosa del recoveco, del túnel que lo atraviesa, porque el Molino, al igual que los humanos, tiene lugares a los que no quiere ir. Nosotros tenemos nuestros lugares más profundos, horror, negrura y,  aunque si bien es cierto que hay una visión trágica, también hay una visión esperanzadora, la  de intentar recuperar un poco esta idea de que  todos vamos a morir y ¿qué va a pasar allá? A lo mejor está divertido o a lo mejor es igual de  traumático que aquí. Al final es un poco la filosofía o la visión que ofrezco en  la novela: no se esperen grandes soluciones en la muerte, no se esperen grandes cambios. El final no está ahí”.

La construcción circular. En círculo, no en espiral. El ciclo de vida. Nacer y renacer. De la Historia. De las historias personales. Cada uno de los personajes principales tiene, lo reconozca o no, un camino que recorrer y, hasta no andarlo no dejará de estar. Un juego de negativos que necesitan reconocerse. Re-conocerse. Dejar de ser contradicción para ser aprendizaje. Transformar sus emociones y transitar del enojo y el dolor, al perdón. Lo cual sólo es posible, si se voltea a ver al otro.

Heridas de agua es también el ciclo de la pérdida. La Historia dentro de la historia. Nuestro contexto histórico no nos es ajeno: uno es a partir también del  momento histórico que vive y nos atraviesa, para bien y para mal. Y con todos sus grises. Y sociedades y personas, tenemos al parecer un gozo inconsciente, generacional y colectivo, de compulsión a la repetición. Generación tras generación. Siglo tras siglo. El mismo conflicto. La misma resolución. Casi semejantes procesos. Hasta que alguien, se atreve hacer algo distinto. Hasta que alguien decide transitar por el túnel y enfrentar su propia oquedad. Tratando de encontrarse, haciéndose preguntas. Si no hay preguntas, no llegarán las respuestas. Gioconda, ante todo en un proceso de absoluta negación y reconocimiento de sí misma. Ella se deja ahí. En una especie de autocastigo, a partir del “no recuerdo” y mientras más negación más complejo es el seguir caminando. El poderte mover y transitar, hacia otro lugar. Es esa imposibilidad de ir hacia…: “Ojalá a través de esta lectura uno pueda entender mejor este ciclo, ya sea a partir del evitar ciertas acciones o utilizarlo para que el ciclo mismo te enriquezca y funcione, para entenderte mejor, para no repetir”.

“Me exilio continuamente. Uso la literatura como un exilio de mi vida. Tal vez este libro es también, mi sanación." Con esta novela, “descubrí que hay muchísimos vínculos entre los edificios, sus heridas, sus amenazas, sus impotencias, sus grietas, porque va pasando el tiempo y lo van parchando y él se va desgastando. Yo me dediqué a la arquitectura durante diez años y llegar a un lugar y  saber que, de alguna manera uno también va a influenciar de alguna manera al edificio, es una gran experiencia. El edificio deja que el arquitecto quede en él. Como arquitecto quedas ahí, algo de ti queda ahí. El edificio, en este caso El Molino,  es al final muy humanizante. Tendríamos que ir más allá de ser testigos, apostar por la continuidad del hombre y es lo que trato de transmitir en Heridas de agua”, porque el tiempo para el edificio transcurre distinto al tiempo de las personas. De los personajes. El edificio sigue transformándose y sólo la troje permanece intocada. Por ella han pasado los años y sigue desgastándose. Pero permanece. Y es esperanza.

“Mi oficio: inventar. Eso es lo que me gusta hacer. En lo personal, aprendí a no tenerle miedo a la muerte. A poder, de alguna manera, reconciliarme con los muertos y un poco con el fracaso. Eso representa Heridas de agua para mí”.

Share:

Betina González: "Sin estructura no hay novela"

El martes 27 de noviembre de 2012, en el marco de las actividades de la 26 FIL Guadalajara, como ya es tradición, se dio a conocer el VIII Premio Tusquets de Novela. Por primera vez, desde su fundación, dicho premio es otorgado a una mujer y, mejor aún, de la generación de los 70, la cual cuenta ya con interesantes plumas. Así, de propia voz, Beatriz de Moura, directora de Tusquets, reveló a Betina González (Buenos Aires, 1972) con la obra Las poseídas de quien, la misma autora, en la ceremonia comentó al respecto: es un libro raro, distinto a los anteriores”.

Dentro de esas rarezas, habría de destacarse, al menos a mí me gusta destacarlo, que es la única entrevista FIL que me emociona más de la cuenta porque, entrevistar a un autor, sobre una obra que no conocemos, salvo la sinopsis, dota la conversación de un halo de misterio, aunado a que, en esta ocasión, Betina fue más que un misterio una revelación pues, asumida mi ignorancia descubrirla y descubrir su narrativa es al tiempo que placer, reto.

Betina González es doctora en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Pittsburg. Su primer libro, en 2008, fue Arte menor, novela galardonada por Clarín. Su segundo libro, Juegos de playa es una colección de relatos el cual fue reconocido con el segundo premio del Certamen Nacional de Libros de Cuentos del Fondo Nacional de las Artes. Además de Las poseídas, en el 2013 también verá la luz el libro La conspiración de la forma, una investigaciónón sobre textos menores del siglo XIX latinoamericano.

En cuanto a Las Poseídas, sabemos apenas el entramado: Una chica nueva, Felisa Wilmer, ingresa en un colegio religioso para niñas en la zona norte de Buenos Aires. Recién llegada de Londres, Felisa se convierte en el centro de atención por su actitud rebelde y su mal comportamiento, rodeada además por el “aura poética” que le dan sus aficiones artísticas, su perfecto inglés y su carácter tan impenetrable como independiente. Al menos así la ve López, la narradora y protagonista, que no tardará en amiga suya. Las chicas viven entre leyendas más o menos escabrosas que se cuentan en voz baja sobre la historia del colegio y algunos “peligros” más reales que se encuentran en sus cercanías. Pero poco a poco, López irá descubriendo la historia de Felisa, que vie con su abuela después e la muerte de su madre en un accidente, y de las razones de su comportamiento excéntrico y suicida, como de poseída por las razones de su entorno”.

Posesión. Entorno. Adolescencia. Los ochenta. Dictadura. La iglesia. Postdictadura. Argentina. La historia Argentina. Suicidio. Problemática. Con mayúscula. Y las otras historias. La amistad femenina. Complicidad. Adentro y Afuera. Mayúsculas. Estructuras. Temas que de uno u otro modo, persiguen y suscriben. Se inscriben para escribirse. Se escriben y entonces, desde la conversación se con-vierten.

Para mí escribir un libro es el primer desafío, es una batalla conmigo misma, porque considero un libro un desafío y éste lo fue particularmente. Igual  no quiere decir que haya sido un libro de sufrimiento. Es un  libro que a mí me tomó como por arrebato, como si me quemara en la cabeza. Sabía que no era  un libro del todo convencional. Que había cierta diferencia con los libros anteriores, otro tipo de realidad”.

No me gusta trabajar con lo autobiográfico directamente. Me aburro hablando de mí. Una  de las razones por las que escribo es para ser otra. Para ser otros. Me encanta la gran pasión  narrativa de inventar de la nada. Creo que más que reescribirme a mí, reescribí una generación y lo hice no tanto pensando en la Historia. Lo hice más desde una manera muy intuitiva; pero sí  reconstruí una atmósfera propia de los años ochenta en la Argentina marcada, por ejemplo, por la música dark, que se va metiendo en la novela como una especie de  leit motiv, también, de esta oscuridad y ese ambiente  opresivo de la post-dictadura. Está presente el contexto, el trasfondo político, pero de una manera muy sutil, porque la vida  cotidiana de estas chicas pasa por la escuela, por la música. Pasa también por  los chicos y por este microclima que es la  iglesia católica. Tengo que decir  que un colegio religioso es un microclima que ofrece al escritor esas posibilidades y puedes jugar con el intertexto de los santos, los mártires y eso puede tener también algo de gótico, algo de terror. Puedes jugar con la filosofía,  todo eso está en la novela, pero no como referencias letradas sino como sustrato narrativo”.

Hay épocas. Se habla de la literatura postdictadura. La  narrativa argentina narrándose a sí misma, también, una y otra vez. Se habla del silencios y se busca darles voz. Desde diversos lugares. Se habla, también, de la transformación. De la búsqueda. Del encuentro con nuevas voces e intenciones. El juego del lenguaje. La apuesta por la estructura dentro de la ficción, ahí donde ésta genera un subtexto revelador. Sin estructura no hay novela. Habría que pensar cómo es y como se desarrolla ésta en Las poseídas. Es una narrativa no lineal. No podría funcionar. Hay momentos de  suspensión dentro de lo que sería la lógica cronológica de las acciones. Esas interrupciones se dan porque,  así la novela adquiere profundidad. Hay capítulos que interrumpen esa lógica porque se  necesita contar una historia que está en el rincón, de hace más de un siglo, que tiene que ver con el colegio. En dos momentos, se adelanta y se atrasa la historia, para contar. Estas historias de terror que vivimos los argentinos en esos años, están muy lejos de la lógica cronológica.”

Los planos suspendidos. Los planos narrativos. La historia narrativa de Argentina. La Argentina en y desde su narrativa. La escrita. La contada. El relato narrado. El papel que jugó  la iglesia católica dentro de la dictadura. El propio horror social enfrentado y confrontado en la adolescencia que, es en sí mismo otro muy peculiar y particular terror, con sus particularísimos horrores. Lo terrorífico del dogma, la presión política y la olla express misma que implica ser adolescente. Creo que confluyen los elementos en las tres chicas. Cada una  de ellas es diferente entre sí. No es que cada una de ellas encarne una  versión o un estereotipo, sino que son muy complejas. Eso se mezcla en la trama frente a cuestionamientos como el miedo a (y en)la adolescencia, el contexto político y su horror, el rol de la escuela religiosa y cómo tranzar con eso siendo chica, sobre todo siendo mujer. Y se  complejizan las resoluciones. Al principio, el lector cree que está todo resuelto y resulta que a mitad de la novela eso se derrumba. Se le derrumba a la protagonista su familia, su mundo estable, sí que hice  mucho hincapié en romper  ese mundo. En romper el mundo de las etiquetas, porque de pronto, tus pares te encasillan y funciona. Hasta que estalla. Y eso sucede en la escuela. Explota, al llegar al colegio esta chica, Felisa, más rara.”

El vuelco. El giro. La figura del personaje protagonista que es adolescente en una ficción que no está encasillada en ese rubro. Una historia. Un personaje. Mostrar el universo de los jóvenes. Entrar en la atmósfera, en el ser y estar adolescente. La figura de la adolescente tiene en sí tantos matices, incluso demoniacos,  que me parecía que no estaban del todo aprovechados en nuestra literatura. Fue clave para mí una  novela que se llama Los hermosos años del castigode Fleur Jaeggy (Tusquets, 1991), la  cual sucede en un internado. Cuando yo leí lo que la autora había creado, ahí se me encendió un mundo, ese mundo adolecente con todos esos matices, no lo había leído en español. Si  hay algo que hace Las poseídas, creo, es ironizar sobre la mirada masculina de la chica adolescente. El cliché de la colegiala, del tipo que se calienta con ella, también entra todo eso en el universo de la novela”.

Recorrer  y recurrir a la historia literaria. Asumir y homenajear a las propias influencias. Romper con la imagen  y mito de La Lolita”, así como con los mitos de la chica católica: o virgen o puta. “Hay referencias muy veladas a Nabokov, a Onetti.  El lector sabio encontrará eso muy enterrado en la trama”. “Me han preguntado muchas veces si tengo padres literarios. Yo no creo que los tenga, pero tampoco, no los tengo por haberlos matado. Soy consciente de que escribo dentro de una tradición muy rica. Las lecturas me han formado como escritor y éstas entran, aunque una no quiera, cuando una narra. Toco un tema, como el de las chicas y ¡cómo no va a aparecer el chico de los chocolatines!

Me siento muy cómoda con los escritores de mi generación aun cuando tengamos estéticas muy diferentes. Me  parece que hay preguntas similares y un acercamiento a la tradición de una manera mucho más liberada. Lo que permea. Lo que marca. Formas y fondos menos pretensiosos. Contar historias. Yo hace poco que viví a Buenos Aires. Viví ocho años en Estados Unidos. No  me siento extranjera, para nada, pero estoy reinsertándome. Con respecto a Las Poseídas, yo creo que esta novela va a interesar en Argentina, porque algo de lo que ha pasado en estos años de Kritchnerismo fue el reabrir estas historias de la dictadura que  se creían clausuradas de una manera fatal. Hubo un montón de cosas que pasaron ya durante  la democracia y esta novela habla de cómo las estructuras represivas fueron demolidas  pero muchas pervivieron dentro de los gobiernos de Alfonsín y Mennem. Ese trasfondo está porque lo vivimos cotidianamente.

Un encuentro. Un descubrimiento. Una escritora latinoamericana que sin metaficción ni excesivas reflexiones figurativas se muestra potente en el universo literario actual. Habrá que esperar Las Poseídas, el año que viene, mientras tanto, a esperar sin perder el ansia.

Share:

La clandestinidad de existir


“La literatura, al menos la literatura que a mí me gusta, es también musicalidad, sonoridad, yo escribo narrativa, igual que escribo  poesía, cuidando cada palabra y  además leyendo en voz alta permanentemente. Leo las oraciones, los fragmentos, voy leyendo los capítulos, y voy corrigiendo también al ritmo del sonido. Me interesa mucho eso. Yo quería que, además de hablar de música, la novela sonara.  Que hubiera un ritmo de lectura, porque el ritmo también es respiración, es cuerpo y va provocando ciertas sensaciones, eso me importaba mucho explorarlo. Que la música acompañe a la lectura o la música como posibilidad de construir otra cosa una atmósfera sonora y ésta genera ciertas sensaciones. Cuando uno escribe no sólo es el pensamiento, es lo afectivo, lo emotivo, la vida; los músicos trabajan con el más inasible de los elementos de la creación artística: los sonidos y los silencios que son más inasibles, todavía. Creo que en la buena literatura, el silencio tiene un papel clave”. 

El misterio: la propia biografía. La expectativa: una fotografía. La esperanza: recuperar la voz creativa. El reto: desvelar toda una vida, varias, de hecho, a partir de una postal, en sepia: la memoria inventada, el recuerdo construido. En el subtexto: Tratar de construirse, a sí mismo, en clave, sobre un cuaderno pautado  que a su vez, a pesar de los lápices con punta sobre el piano, no logran escribirse ni transcribir la melodía fundante. En reciprocidad, en espejo hacia todo aquello que no se comprende, que no se sabe, el silencio. El silencio de la creación, por un lado, pero la creación, la construcción y visibilización de ese silencio interno que facilite un encuentro, sobre todo, consigo mismo. Con uno mismo.  Poco a poco y de manera artesanal, delicada, apasionada, construir el cuerpo del silencio. Del silencio facilitador. Del silencio que permite ( o no) la deconstrucción). Darle escucha al silencio y entonces, sólo entonces, al escucharlo, escucharle y recobrar la voz. Esa otra, silenciada porque no es propia, sino construida a partir de un espacio para ser feliz”, aunque dañe, aunque también calle. Tantos silencios que son uno solo: El silencio del silencio.

“La novela exige que tú interpretes. No hay una sola interpretación, hay cosas escondidas que te van a permitir ir dándole diferentes lecturas. El mundo  está hecho así, hay miles de interpretaciones posibles”.

Es así que Leo, el personaje de Fuga en mí menor, trata de reconstruirse en el silencio y, dentro de éste, hallar su voz creativa. Por su parte, Sandra Lorenzano, lutier del lenguaje, encuentra en la voz narradora, “su propio silencio” y vierte y subvierte la poesía, la frase corta, y la suavidad de una prosa que es al tiempo, viento frío, al tiempo playa,  de su construcción creativa… entonces el silencio deja de ser fuga para transformarse a lo largo de las páginas, primero en allegro y después en sinfonía. “Me despierto a las 5:30 de la mañana y es la hora en la que escribo. Antes de que el ruido del mundo me entre a la cabeza. Necesito tener ese espacio de silencio que no necesariamente tiene que ver con el silencio exterior; es un silencio interior, fundamentalmente. Y me da la sensación de que, si lo que escribo no surge de ahí, no termina de ser auténtico. Necesito escuchar una voz, por debajo de todos los ruidos que se me cruzan en la vida y para escuchar esa voz, tengo que construir ese espacio”.
Silencios diversos. Silencios adversos. Internos y externos. La sensación de tener ése “sabor óxido en la tráquea”. No poder hablar, de la vida. Querer y no poder. Componer. La cadencia. El acorde. De-acuerdo. Acorde. “Esa sombra, la del padre, que está presente en una  fotografía de los años 40 y que hace eclosión cuando se suman otras ausencias: la madre que muere, el hijo que se va a vivir lejos; Leo de  pronto se da cuenta que, por muy solitario que sea el espacio en el que está viviendo, no aparece el silencio. Siempre lo he pensado así:  hay dos tipos de silencio:  uno luminoso, por decirlo así, que  te permite la creación, que es el “silencio del desierto” como dice Edmond Jabès, donde puedes escuchar lo inefable”  y sólo con ese silencio puedes llegar a ello, lo entendamos como lo entendamos y, hay otro silencio oscuro, de bloqueo, un silencio que impide la creación, ése es el silencio de Leo el personaje, pues quería que, de alguna manera en la novela, se hablara de esa búsqueda de silencio que facilite la creación. Llevé a Leo, que camina sin parar por una playa a tratar de encontrar ese espacio en ese lugar vacío, solitario, en el fin del mundo, que es esa playa a la que se va a vivir. Ahí descubre y descubrimos los lectores que él puede vivir en el lugar más silencioso y solitario de este mundo y que sin embargo su voz creativa no va a aparecer; y no va a aparecer porque hay algo que lo está bloqueando: las ausencias.

“¿A dónde van los que se van? ¿Se van?, ¿Y si se van, a dónde van?” El halo de la forma. La sombra que hace figura. El recuerdo de, también una voz que se va perdiendo con los años y, ante la desaparición, sólo una silueta que va difuminándose, adivinándose de generación en generación. El padre que estuvo sólo dos años, aquel que en su nombre se renombra, sin nombrarlo. El padre presente desde su ausencia, en todo su gris, a través de una fotografía: la del pasado, ésta, la fotografía que no es posible revelar. Los detalles que no pueden interpretarse. El hijo entonces, siendo después, padre, de un hijo único. Que también se irá. A revelar sus propias fotografías. A mandar señuelos, desde la distancia, al padre. Mientras el padre observa pero se mantiene inmerso en su silencio verbal, pero rompiéndolo desde la escritura. El hijo del padre ausente, es ahora un padre presente pero ausente. Lejano. Silente, que no silencioso: “Él, Leo, ésta perdiéndose a sí mismo. Está en la sombra. La ausencia que  lo va a marcar, aunque él decida negarlo durante muchos años, pasa del pensar que su padre era un héroe a pensarlo traidor a pensarlo un mentiroso… y esta sombra regresa a él con la muerte de la madre y la ausencia del hijo, y el siguiente en la  lista de convertirse en un ausente, es él”.

Pero, más allá de las ausencias, ¿Cuáles son las presencias que construyen? ¿Es posible de-construir las ausencias? Toda ausencia es carencia. Algo en el alguien que la padece le mantiene en falta. ¿Se puede salir en búsqueda de lo que falta?

Leo se encontrará con Max Bauer y con él, a través de la construcción de un no diálogo, pero generando un vínculo afectivo desentrañarán sus historias y las transformarán en una música otra. Atrás quedará la emocionalidad musical y entonces desde la emotividad y el encuentro con los instrumentos y herramientas personales, mucho más simbólicos y atravesados por la actividad física de la “construcción” artesanal de un violonchelo, Leo irá reencontrándose con su propio lutier. Max, el lutier, irá reencontrándose con su propia música, al punto de lograr hallar ( o no, eso tendrá que descubrirlo el lector) “el sonido que surge del silencio más profundo”, al ritmo mismo de la madera, la gulla, la lija, que una y otra vez, al pasarse por la madera, la acaricia, la busca, la disfruta, detalle a detalle, aun cuando a veces necesite de prensas. Y poco a poco, mientras el violonchelo compone una melodía, el humo del cigarrillo de Bauer evoca. Entonces sucede la creación otra. La otra creación. Caminando en homenaje, lijándo la creación, amando su labor de artesano luthier que es también el escritor. O el artista plástico. O el lienzo. Artesana pluma, artesana lija. Llevar la literatura al cuerpo, traducirla en él. Traducirse en ella:

“Una de las cosas que yo quería explorar también, está en la relación de Bauer con Leo, es algo que me interesa mucho: las complicidades a través del silencio, cómo se construye una  relación (a veces creo que es algo más masculino que femenino, aunque no lo sé, pero me parece  que las mujeres nos hablamos y nos contamos muchos, nuestras relaciones se basan en general en el relato, en cambio, me da la sensación que las relaciones masculinas, u otro tipo de relaciones, quizá no tenga que ver con varones y mujeres, hay otro tipo de relaciones, se construyen más a través de  las complicidades que dan los silencios), esos silencios compartidos que terminan llenos de sobrentendidos y en el caso de Bauer y Leo, en realidad tú te vas enterando de  muchas cosas de su propia historia a través de la voz narradora, no a través de lo que ellos cuentan, porque ellos cuentan muy poco. Hay una cosa del silencio como espacio de creación también, de vínculos afectivos. Finalmente, Leo es todo silencio, claro, es un silencio que le permite  llegar a la música, cuando ese silencio se convierte en la imposibilidad de llegar a la música, truena, porque esa  es su forma de comunicación”.

Y nuestra vida, sepamos leerlas o no, nos da claves.  Y la clave es encontrarlas. Saberlas leer. La metáfora misma de lo anterior, Sandra la construye en un personaje, Bruna, quien le escribe una larga carta que acompañará a Leo en su periodo de silencio. Las claves mismas de la novela están, enclavadas, y no tan en clave, para el lector acucioso, desde la epígrafe de Pavese. Habrá lectores que prefieran olvidarla: “Todos son sombras de sí mismos. Todos son sombras que tendrás que ir develando. Para mí, una de las preguntas de la novela, o las claves de lectura, es develar esa interrogación que es la sombra. De algún modo todos somos sombras que hay que develar, aunque le veamos la cara a la gente. La cara no es nada. Vamos  pasando como sombras y habrá quien se interese en una lectura cabalística de su propia sombra, de su propio ser y eso es lo que  estamos haciendo. En realidad como lectores, nosotros no develamos la sombra del padre, sino la de Leo, él tiene que develar la del padre. Lo que  nos interesa es la forma en que él se va a vincular con esa sombra, no tanto la historia de la sombra”.

Fuga en mí menor, no es sólo melancolía y memoria. También es cuerpo, por eso fluye. Necesita esa sensación de fluir, cada uno de sus personajes que por incidentales que parezcan son protagónicos. Como cada sombra en nuestra vida. Como cada lectura. Como cada nota. Negrita o blanca. Tocatta o fuga. Las sombras de lo que fuimos. Las sombras que nos deforman, las luces que nos conforman. El ritmo. La armonía. Las disonancias. Es también el ritual de dejar ir.  De permitir y permitirse el continuar. “Este desprenderte de lo que te está bloqueando, de lo que te está torturando, para darle paso al placer de la creación. En realidad yo no sé cómo escriben los demás, pero ahí estoy yo.  Uno está ahí, está su intimidad. La poca gente que mira un libro, lo mira.  Y ¿cuánto quiere uno mostrar de su intimidad? Y en gran medida eso es lo que le pasa a Leo. Al escribir, te estás exponiendo”.


Share:

Poeta que no entiende futbol


Húmedas distancias